Debemos considerar atentamente la expresión «que se
muestren», pues no es bueno nada de lo que sea mera apariencia
(Ignacio, Rom 3). Su existencia es ostentación y no verdad; sin
precisión ni verdad forma imágenes de impresiones erróneas. Por
ejemplo, los actores de teatro no son lo que dicen ser; se los con-
sidera según la participacion que tienen en lo que representan. De
igual modo los que sólo tienen apariencias de virtud. No son vir-
tuosos sino farsantes, «hipócritas», actuando en su propio teatro:
«las sinagogas y esquinas de las calles». El que no es actor dese-
cha todo lo que no es auténtico aprestándose a dar gusto en otro
teatro que está por encima del que acabo de mencionar. Entra en
su «habitación» a encontrarse con la riqueza allí acumulada, pues
ha guardado para sí los tesoros de sabiduría y ciencia (Mt 6, 6;
Col 2, 3; 1 Tim 6, 18-19). Sin mirar ni salirse a las cosas de fuera,
cierra todas las puertas de los sentidos para no disiparse por ellos
ni ofuscar la mente con sus impresiones. Ora al Padre, que no
rechaza ni abandona este lugar escondido sino que habita allí con
su Hijo Unigénito. Pues él mismo dice: «El Padre y yo vendre-
mos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 23). Claro está que si
oramos de este modo intercedemos con el único justo, que es
Dios y Padre nuestro. El no abandona a sus hijos, está con noso-
tros en lo escondido, nos mira y trae mayores tesoros a la «habi-
tación» si cerramos la puerta.
(Origenes)